miércoles 22 de febrero de 2012
lunes 7 de noviembre de 2011
¿SON LAS FIESTAS DE HALLOWEEN UNA ACTIVIDAD SANA?
“Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia, cuyo fin será conforme a sus obras”.
2 Corintios 11:14-15. (RV 1960)
Nosotros los humanos tenemos la tendencia de hacer nuestra las cosas que vemos o escuchamos. Todo lo que es atractivo a nuestros gustos e incluso a nuestros deseos, se hace parte de nuestras vidas haciendo que cambiemos nuestra forma de actuar y en cierto modo, hasta nuestra manera de pensar.
Hemos copiado y hecho nuestra las culturas de otros países (Transculturación): la moda, la forma de caminar, ademanes, la manera de hablar y comportarnos con los demás (y en particular cuando tenemos la oportunidad de viajar a otros países), porque existe la tendencia de adoptar todo aquello que se considere más actualizado y más si proviene de un país cuyo progreso o desarrollo sea mayor. Usamos ornamentas y accesorios que ni siquiera entendemos ni sabemos cuáles son sus orígenes y significados, pero los usamos, porque nos gusta y fue el último grito de la moda, aunque nos veamos feos o extravagantes. Por esta razón, nuestras fronteras han estado abiertas para recibir cualquier propaganda, que se mezcla automáticamente en nuestro argot popular, sin importar si existe algún misterio oculto que nos enrede y someta nuestra voluntad, como lo hace la araña con la mosca que atrapa.
Esto nos sucede porque somos curiosos. Es algo innato. Desde que nacemos, queremos conocer el ambiente, el entorno, el enigma y mientras más profundo, mejor. Nos encanta y nos atraen los retos, nos hechiza hacer cosas que nos lleven al límite y esos deseos desmedidos de “escarbar” son utilizados inteligentemente por alguien que nos acecha, para lograr concretar sus planes en contra nuestra. Lo oculto es más atrayente que lo que está a la luz. Lo prohibido es más atractivo que lo permitido.
Una de las fiestas que ha tenido gran trascendencia en todo el mundo, son las de Halloween. En el mes de octubre se ven comerciales en todos los medios de comunicación tanto de televisión, de radio e internet. Las películas de terror se anuncian por doquier. Hay un canal en el cable, que durante todo el mes de octubre ofrecerá carteleras de películas de terror y muchos las disfrutan. Los centros comerciales engalanan sus vitrales y pasillos con máscaras horripilantes y trajes de figuras fantasmagóricas. Los padres les compran a sus niños estos atuendos y los pintan como vampiros y brujas, festejando este famoso día que a todos los tiene fascinados.
Pero, en realidad, ¿Qué son las fiestas de Halloween? ¿Dónde se originó?
martes 11 de octubre de 2011
DIOS TE PIDE SOLO UN POQUITO DE FE
Por: Esequiel Guerrero Marte
“…Les aseguro que si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrán decirle a esta montaña: “Trasládate de aquí para allá”, y se trasladará. Para ustedes nada será imposible”. Mateo 17:20b. (NVI).
Nueve de los discípulos de Jesús se vieron en una gran encrucijada. Un padre muy angustiado le llevó a su hijo quien estaba atormentado por un espíritu de epilepsia para que lo sanaran. Jesús no se encontraba presente. Se encontraba en un monte alto junto a Pedro, Juan y Jacobo, quienes disfrutaron de una experiencia divina e inolvidable, al ver a su Señor transfigurarse en un ser glorioso y poderoso junto a Moisés y Elías. La experiencia tuvo una culminación espectacular cuando escucharon las palabras de Dios el Padre tronar desde una nube luminosa, afirmando que Jesús, su Maestro, era su Hijo Amado en quien tiene gran complacencia (Mateo 17:5).
Estos discípulos como representantes de Jesús debían hacer el trabajo de forma urgente. El espíritu maligno trataba de matar al muchacho que, al tomar posesión de él, lo lanzaba en el agua para que se ahogase, incluso al fuego para que muriera quemado. Su vida acarreaba peligro, por lo que debían proceder inmediatamente. Ni cortos ni perezosos comenzaron el trabajo. Lucharon con el espíritu maligno y le ordenaban que saliera del joven.
- ¿A dónde se habrá metido Jesús? Quizás preguntó el angustiado padre. Si él estuviera aquí, no duraría tanto tiempo.
Estos nueve discípulos se cansaron de luchar. El espíritu inmundo pudo más que ellos. Siendo seguidores de Aquél que sanaba las enfermedades, echaba fuera a los espíritus inmundos, abría los ojos a los ciegos y resucitaba muertos, fracasaron al sanar a un joven y liberarlo de la esclavitud en que estaba sumergido. Al llegar Jesús y junto a Él los que le seguían, inmediatamente fue abordado por el padre del muchacho, solicitando la ayuda del Señor y a la vez querellándose por la ineficacia de sus discípulos.
Jesús, que chisporroteaba poder aún, se acercó al muchacho y con solo decirle al espíritu que saliera de él, al instante fue liberado. Esto trajo gran preocupación entre los discípulos que quisieron reprender al demonio y no pudieron, hasta el punto de preguntarle el por qué fracasaron en el intento. El Maestro le respondió: “Por vuestra poca fe”. Ahí inmediatamente tomó la parábola en su boca y prosiguió: “… porque si ustedes tuvieran fe tan solo como un grano de mostaza… nada le sería imposible” (v. 20). Aquí viene la gran enseñanza no sólo para los discípulos, sino para nosotros los discípulos del siglo XXI.
Una de las semillas más pequeñas en su especie es la de mostaza. Era usada por los griegos y los romanos como condimento, Pitágoras la recomendaba como revitalizador de la memoria, otros como planta medicinal. Nosotros hoy en día, la utilizamos como salsa en las comidas rápidas como sándwiches y hot dog.
El Señor tomó una de las tantas variedades de la planta de mostaza, para instruir a sus discípulos a que tengan fe. Existen alrededor de cuarenta especies. La que tomó fue aquella semilla que podía germinar y convertirse en un árbol fuerte y grande, capaz de albergar a las aves con sus nidos y a los animales bajo su sombra. Éste era el ejemplo apropiado para enseñarle a sus seguidores cuán significativo era tener una mínima pizca de fe.
Jesús conocía muy bien la actitud de sus discípulos. Había una necesidad urgente de fe en ellos. Veían con sus ojos todas las maravillas, milagros y prodigios que hacía, pero no habían podido siquiera libertar a un muchacho de las garras del enemigo. La decepción era grande entre ellos. La gente le pedía milagros como lo hacía Jesús pero por más que lo intentaron, no pudieron hacerlo.
La falta de fe imposibilita las cosas. Lo impide todo. El mismo Señor, en una ocasión, fue a Nazaret, el lugar donde se crió (Mateo 13:53-58). Su deseo era hacer lo mismo que hacía en los otros lugares de Israel: sanar. Pero no pudo. La incredulidad se podía cortar en el aire. Nadie creía en Él ¡Ni aún sus propios hermanos le creían! (Juan 7:5) Se fue del lugar desilusionado, asombrado al ver a las gentes con un corazón tan duro como el diamante e inflexible como el acero. Hoy la situación es igual, pues las gentes no creen en las habilidades de aquellos que viven a su alrededor. Creen en los de afuera, en los desconocidos.
Jesús sabía que los israelitas eran personas de corazón duro para creer (Juan 10:37-38). Los mismos discípulos, aunque le seguían y eran parte del trabajo que el Maestro hacía todos los días en las calles de los pueblos que visitaba ¡tampoco creían en toda su totalidad! (Juan 11:14-15). Una y otra vez Jesús les iba moldeando la actitud de cada uno de ellos y, aunque avanzaban poco a poco, sabía que era necesario implantar en ellos esta manera diferente de actuar y pensar, porque el momento se acercaba de dejarlos solos y sin esa herramienta necesaria, jamás evolucionaría el evangelio de salvación.
Cristo le dijo a sus discípulos que con sólo una pequeñita porción de fe, podían hacer cosas asombrosas y maravillosas. La clave era creer. Creer tan sólo un poquito. No era necesario ser como Abraham, ni como Elías, tampoco como Daniel, Mesac, Sadrac y Abed-Nego. Sólo tener fe como un grano de mostaza.
Cuando los discípulos empezaron a creer, pudieron experimentar el poder que el nombre de Jesús desencadenaba en ellos. Fue maravilloso y para que aprendieran a utilizarlo, fueron enviados de dos en dos, setenta en total, por las villas y aldeas a predicar el evangelio de salvación y a confirmarlo con señales y prodigios, con sanidades y liberación de la esclavitud del enemigo. Esto lo vivieron y se gozaron. Se maravillaron de que pudieron hacer lo mismo que su Maestro. Fue extraordinariamente genial.
Como discípulos de estos días, también debemos aprender a creer en Cristo Jesús. Nuestra limitancia es lo que impide que el poder fluya en nosotros de adentro hacia afuera. El Espíritu Santo, que está dentro de nosotros, nos da poder para libertar, para sanar, para hacer milagros y prodigios si creemos que Jesucristo puede hacerlo en nosotros y a través de nosotros. Basta con creer aunque sea un poquito.
Oramos de una manera pero no creemos. Nuestras dudas se interponen a nuestras creencias, nos bloquean y terminamos la oración: “pero que se haga tu voluntad”. Queriendo decir: “Si no sucede lo que estamos pidiendo, es porque no es la voluntad de Dios”. En la mayoría de los casos, cubrimos con estas palabras nuestra propia falta de fe, porque en nuestro interior no existe la suficiente certeza para que se produzca el milagro.
La voluntad de Dios es ver a los esclavizados por el enemigo ser libres, Él quiere que los enfermos sean sanados, que los sordos puedan escuchar, que los ciegos puedan ver, que nuestros problemas sean resueltos. Dios quiere que hagamos lo mismo que hizo su Hijo cada vez que andaba por las ciudades de Israel: predicaba el Evangelio y sanaba a los enfermos. Pero Jesús no decía: “sánalo si tú quieres”. ¡No! Él utilizaba su autoridad y reprendía las enfermedades y a los espíritus inmundos. Cada vez que los demonios veían al Señor, se preocupaban y gemían y suplicaban clemencia, porque se daban cuenta que en él había poder y lo utilizaba de la forma correcta.
Eso era lo que el Maestro quería que sus discípulos aprendieran. Les enseñaba a utilizar el poder que tenían dentro y ese poder se iba a hacer visible si creían que lo poseían. Si tienen un poquito de fe, al menos como una pequeñita semilla de mostaza, les dijo, ustedes harían grandes cosas. Cuando dice que la montaña se quitaría y se lanzaría al mar, significa que ningún problema, ningún obstáculo, nada le impediría seguir adelante y obtener la victoria. ¡Nada les sería imposible!
El Bosquejo expositivo de
El enemigo de las almas tiene como meta impedir que creamos en el poder que se nos ha dado pues, sólo de esta manera, podrá lograr que nos mantengamos en miseria, adoloridos, pensando que Dios no hace nada por nosotros, que estamos acabados, que Dios no escucha nuestras plegarias, que siempre estamos en derrota, que no podemos nunca ver nuestros sueños hacerse realidad. Mientras que Dios ya nos ha dicho que somos sanos, que estamos en victoria, que nuestras vidas está escondida bajo la sombra de sus alas, que todo lo podemos en su Hijo, que estamos fortalecidos, que nada puede detenernos, ¡Que somos más que vencedores! (Filipenses 4:13).
Nuestra fe es lo que mueve a Dios a obrar. Sin fe, no podemos siquiera agradarle a Él (Hebreos 11:6). Jesús, cada vez que iba a sanar a alguien, le preguntaba al enfermo: ¿Qué quieres que te haga? Nosotros a lo mejor responderíamos: ¿Pero es que no ves? ¿No ves que estoy ciego, o tengo fiebre o me duele la cabeza? ¡Tú sabes qué es lo que quiero, porque de lo contrario no estaría aquí! Sin embargo, Jesús medía la fe de ellos al hacerle esta pregunta. Por tal razón, les dice que se haga lo que ellos piden, de acuerdo a su fe. Si no tenían fe, ¡el milagro no iba a suceder!
Pidámosle al Señor que nos de fe si nos hace falta. No es necesario el 100%, ni el 50%. Es sólo un poquito de fe, como un granito de mostaza. Muchos tenemos fe para ser sanados de un dolor de cabeza, pero no la tenemos para ser sanados de un cáncer o de sida. Pero si utilizamos esa pequeña dosis de fe que utilizamos para aquellas cosas pequeñas, esa, esa misma fe puede hacer que se muevan grandes montañas que impiden que vivamos de forma diferente.
Nuestro Dios es poderoso, para efectuar en nosotros el milagro que anhelamos. Tan sólo debemos tener un poquito de fe. ¡Dios nos ha dado ya el poder! Aprendamos a utilizarlo. Si hemos entregado nuestras vidas al Señor y nos hemos dedicado a vivir bajo sus preceptos, entonces debemos aprender a tener fe en su Palabra.
El hombre de la historia al escuchar que Jesús le dijo si tenía fe para ver la liberación de su hijo, le respondió: ¡Creo! ¡Ayuda mi poca fe! (Marcos 9:24. NVI). Este hombre reconocía su debilidad y le rogó al Señor que lo ayudara. Esa misma actitud debe reinar en nosotros. Si hay duda en nuestro corazón, pidámosle a Dios que nos ayude y aumente nuestra fe. Los discípulos le pidieron a Jesús que se la aumentara (Lucas 17:5) y Él en su bendita bondad les concedió lo que pidieron, de tal forma que hasta la sombra de uno de ellos sanaba a los enfermos y predicaban con denuedo su palabra con poderosas señales que les seguían.
Basta tener un poquito de fe, para que veamos los cielos abiertos y lluvias de bendiciones caer sobre nuestra casa, sobre nuestros campos, sobre nuestros graneros, sobre nuestra familia, sobre nuestra finanza, sobre todo lo que nos pertenece, porque esto es el propósito de Dios para con todos nosotros. Sólo debemos tener un poquito de fe.
sábado 17 de septiembre de 2011
LO HERMOSO DE DISCULPARSE Y PEDIR PERDON
Por: Esequiel Guerrero Marte
Un día, sin pensarlo, estuve trabajando más de lo que había planeado en mi negocio. Estaba trabajando en la elaboración de una tesis de grado, de un cliente que terminaba su carrera universitaria. Tenía que hacer las investigaciones de lugar, digitar y empastar los ejemplares. Muy concentrado investigando en la Internet y en otras fuentes bibliográficas que tenía a la mano, quería terminar el trabajo lo más pronto posible. En realidad necesitaba descansar pues tenía casi tres semanas trabajando en esto y, como estaba en la última fase, deseaba ya finiquitarla ese mismo día. Si terminaba rápido, recibiría la paga rápido.
Mientras trabajaba, pensaba en disfrutar a mi esposa cuando llegara a la casa (A decir verdad, ella y yo vivimos una vida placentera. Disfrutamos de la intimidad), pero al estar tan concentrado en la investigación, me desconecté del tiempo y no me di cuenta que pasaba ya la media noche. Salí de mi casa a las 8:30 de la mañana y faltaban veinte minutos para la 1:00 de la madrugada y sólo me di cuenta cuando me llamó Albania, mi esposa. Estaba que chispeaba. Sus palabras fueron firmes e hirieron mi ego.
- ¿Te olvidaste que tienes mujer? ¿Cómo es posible que a estas altas horas de la noche, no te acuerdas que tienes una familia, que tienes una mujer y con un teléfono en tu escritorio no puedes al menos llamar para decir que te vas a quedar?
- Pero Alba… es que… no sabía que era tan tarde… ¡Clic! ¡Aló! Alba ¿estás ahí?
¿Pueden creerlo? ¡Colgó! Esto me enfadó a tal grado, que me desconcentró del todo. ¿Cómo era posible? ¿Estoy trabajando hasta altas horas de la noche para llevar el dinero a la casa y ella me sale con esto? ¡No es justo! Quise seguir trabajando de rabia para llegar más tarde, pero en mi interior sentía el deseo de parar. Tenía una lucha. Había algo dentro de mi cabeza que no me dejaba tranquilo. Pensaba: “Ella sabe que estoy trabajando, que no estoy en otra parte, que me estoy matando por ella y mira cómo me trata. Cualquiera amanece aquí, me voy a quedar más tiempo trabajando”. Pero otro pensamiento me decía: “Para. Como quiera no vas a terminar hoy. Vete a tu casa”. Así que obedecí este último, cerré el negocio y me fui.
Eso no quiere decir que ya había olvidado lo que me hicieron. Mientras conducía a la casa, eran olas de pensamientos que se amontonaban en mi cabeza y cuando por fin llegué, ahí estaba la dueña de la casa esperándome. Pero no como me esperaba siempre. Habitualmente, ella me espera con una ropa sexy, que me fascina, sentada en un mueble leyendo la Biblia o mirando televisión. Al ver que me acerco, me da una mirada que solo las mujeres enamoradas de su marido pueden hacerlo y se levanta con un tono femenino, que a cualquiera vuelve loco, me abre la puerta, levanta los brazos, se apoya en las puntas de los pies para estar un poco más alta, me rodea el cuello, me abraza, me besa y me pregunta cómo me fue. Luego, coloca la cena previamente calentada en la mesa y se sienta conmigo a dialogar sobre lo que hice en el trabajo. Cuando termino de cenar, subimos a la habitación, oramos agarrados de la mano y nos acostamos.
En este caso, fui yo quien abrió la puerta, no me miró cuando llegué con ojos de enamorada, estaba vestida con una ropa, que el vestuario de una monja era más sexy que lo que ella tenía puesto. ¡Dios! Cuando abrí la puerta, no hubo beso, sino unas palabras frías como el hielo: “Ahí está la cena”. Y subió a la habitación. ¿Usted ha visto? ¡Me dejó solo! Ahí sentí cómo la furia se agolpaba dentro de mí. Creo que mis ojos se pusieron verdes y mi camisa se iba encogiendo más y más, me estaba transformando en Hulk y pensé: “no voy a cenar nada, me voy a quedar aquí abajo, mira cómo me recibe, yo aquí no soy nadie, pero qué falta de respeto. De maldad no voy a cenar”.
Pero de nuevo el otro pensamiento: “El que no va a cenar eres tú y tú tienes hambre. Además, tú fuiste quien falló. Ella sólo está preocupada por ti”. Reflexioné y dije: “Es cierto. Yo debí llamarla y sin embargo no lo hice”. Reconocí mi error. Como tenía mucha hambre, cené y luego decidí hacer las paces con mi esposa. También, pensé, tengo una meta y la voy a lograr esta noche en el nombre de los Tres Grandes. Así que subí y entré a la habitación.
Al entrar, lo primero que vi fue la posición de mi esposa. Con el rostro mirando a la pared, estaba acostada en silencio, con los ojos cerrados, pero más despierta que uno de los guardias que cuidan al presidente en el palacio nacional. ¡Tienen una inteligencia! Luego de orar, me dispuse a arreglar lo que había dañado. Me acosté mirando hacia el techo. En el lapso de dos o tres minutos, me volteé hacia ella y la abracé por la espalda, rodeándola por la cintura con mi brazo derecho y empecé a acariciarla. No me rechazó. Se quedó tranquila, como si no sintiera nada. ¡Un témpano de hielo! Hablé y le dije:
- Alba, quiero que me perdones por no haberte llamado…
- ¡Es que ustedes son locos! ¡Mira la hora que es y ni siquiera llamas y uno preocupada aquí! Me da la cara para interrumpirme y luego la espalda cuando termina.
- Sí, mi linda. Perdóname, fue que me concentré demasiado en la tesis, porque quería terminarla y…
- ¡Pero debías haberme llamado, Esequiel Guerrero! ¿Tú te imaginas lo que me preocupé por ti? ¡Yo iba a llamar a la clínica y al hospital, a ver si te había pasado algo! ¡Ustedes no saben todo lo que uno piensa aquí, mientras ustedes haciendo lo que le dé la gana por ahí! ¡Ustedes no piensan! Me da la cara para hablar y luego la espalda cuando termina. ¡Qué cosa! Lo que sí sé es, que cuando me llama por mi nombre y apellido, hay problemas.
- Sí, pero ya te dije que me perdones. No volverá a suceder.
- ¡Yo a las nueve de la noche te envié tres mensajes a tu celular y ni te dignaste en responderme! ¡Se ve lo mucho que estabas concentrado!
- ¿Mensajes? Yo no recibí ningún mensaje.
- Sí. ¡Yo no soy loca! ¡Revisa el celular! ¡Tres mensajes te envié y como no me contestaste, entonces te llamé!
Cuando iba a revisar el celular, con miedo de que hayan llegado los mensajes y no me hubiese dado cuenta, timbró el celular tres veces. Sé que el Espíritu Santo me estaba ayudando, al ver que lo que hice no fue de mala fe. Con evidencias que justificaban mi inocencia, me volví hacia ella diciéndole:
- ¿Ves? Ahora fue que llegaron tus mensajes.
Con el rostro todavía mirando a la pared, no dijo nada. Yo me acosté y seguí en lo mismo que antes, la abracé más fuerte y seguí acariciándola, tratando de derretir el hielo. ¡Y sí que lo hice! De repente se volteó, me miró con ojos picarescos y me dijo:
- Se te va a dar tu plan, solo porque te amo. ¡Que se sepa, sólo porque te amo!
Los dos irrumpimos en carcajadas. Si nos escucharon los vecinos, estoy seguro que pensaron que estábamos locos. Nos abrazamos y nos dormimos. Bueno, después que se dio mi plan, naturalmente. La mañana siguiente transcurrió de lo más natural. Mi esposa despertó alegre y cantando como Lilly Goodman. Todo se había olvidado. Desde ese día en adelante, siempre tuve presente llamar a mi esposa si iba a durar más tiempo de lo acostumbrado en el trabajo.
Es muy posible que ustedes al leer este relato, hayan reído de buena gana. Pero ¿Pueden imaginarse si en mi corazón se hubiera anidado el orgullo, el egocentrismo, el machismo que aflora en momentos como este? ¿Creen que hubiese terminado en un final feliz? Creo que en vez de ustedes reírse, se sentirían apenados por la tragedia.
Les dije que sentía en mi cabeza una guerra de opiniones. El primer pensamiento me decía que debía actuar como el hombre que era. El hombre sólo quiere que lo elogien, que lo enaltezcan, que lo reconozcan a pesar de sus malas acciones. Nuestra sociedad ha investido al hombre como aquel que puede hacer y deshacer en el hogar, llegar a las horas que quiera, enojarse cuando no le consientan sus caprichos y decir que se va de la casa, cuando descubren sus infidelidades. El hombre es aquel que está acostumbrado a no decir: “lo siento”, “perdóname”, “el error fue mío” “nunca más lo volveré a hacer”. Es aquel que su hombría no le permite decirle a su compañera que la ama, porque esto le quita fuerzas. Es aquel que no puede nunca llorar ni hacer torcer su brazo, porque es el hombre de la casa, al que todo le hiede y nada le huele.
Todos aquellos hombres que se dejan guiar de este pensamiento, tienen un hogar destinado a la ruina, tienen una esposa que llora y se desvela del sufrimiento, que se siente todos los días amargada y su belleza va en detrimento. Estos hombres sólo piensan en sí mismos, sólo se aman ellos. Creen que con solo dar el sustento, están cumpliendo con las obligaciones del hogar y si se le exige más, dicen que es lo único que pueden dar. No lo mismo si el papel está a favor de él. La mujer debe darle hasta lo que no tiene.
Este pensamiento negativo, viene de Satanás. Él no quiere que los hogares tengan felicidad, no quiere que los esposos convivan en armonía y paz. Él sabe que la familia es de gran importancia para Dios y por tal razón, la ataca hasta destruirla. Él sabe cómo Dios ve a la familia y cuál es su verdadero significado. Él más que nadie, vio cómo el gran Creador la fundó en el huerto de Edén y palpó cómo Adán se regocijó al ver a Eva. Él vio que se sintió feliz y lleno de vida, que no hubo más soledad en su alma, sino una compañía agradable y placentera. Él vio el amor esparcirse por los rosales, por las verdes campiñas, por los montes y collados, por todos los contornos del jardín. Él vio a Dios sonreír y bendecir a los que ya no eran dos personas, sino una sola carne. Adán emocionado exclamó:
“Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne… Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Génesis 2:23-24 (Biblia Reina Valera 1960).
Me gusta cómo la Nueva Versión Internacional lo recita:
Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser.
Adán se sintió completo. Ya podía disfrutar de una compañera perfecta, idónea, que pudieran relacionarse e interactuar el uno al otro y cuidarse el uno al otro. Podían mirarse a los ojos, agarrarse de las manos, abrazarse, correr por el jardín y fusionarse en un lazo que los hace una sola carne. ¡Esto es genial! Dios se sintió complacido por lo que había hecho. Ahí se formó la primera unión matrimonial. Dios les dijo que se multiplicaran, que llenaran la tierra de personas como ellos, que llenaran el mundo de amor, ternura, de entrega incondicional, de armonía y comprensión. ¡Que viva el amor! Dijo Dios.
Esto le molestó a Satanás. Sus dientes crujieron de ira e ideó eliminar de la unión matrimonial y de la familia, lo que Dios implantó. Este enemigo de las almas carente de amor y buenos sentimientos, ha ideado múltiples planes para crear el caos y la confusión dentro del círculo familiar. El orgullo, es uno de ellos. Este malsano sentimiento causado por un poderoso demonio, es el que hace que el hombre se subleve contra su prójimo al creerse superior y atentar contra su Creador, creyendo que tiene derechos. Se mofa de los demás y no le importa la condición del otro. ¡Sólo quiere que acaten lo que él diga y que reconozcan sus hazañas, aunque nadie esté de acuerdo!
Por eso es que, anidado en el hogar el orgullo, impide que haya una buena relación de pareja. En el hombre, que es donde más se anida este sentimiento, empieza diciendo que como hombre de la casa que es, puede desarmarla con todo lo que esté dentro si le da la gana. Es el que puede meter la pata, pero nunca puede decir: ¡Upss! Lo siento mucho; es el que puede hablar todo lo que le venga a la mente sin pensar que las palabras que salgan de su boca sean hirientes y que quien las escucha, no es más que su compañera, su confidente, su consorte.
En el caso de la mujer, incursiona en el liberalismo femenino, para colocarse a la altura del hombre y estar actualizada. Si tú me la haces, yo tengo el mismo derecho para hacértela a ti. No puede callar, porque también tiene derechos a expresarse, ni puede perdonar, porque otra sí podría tolerar, pero ella es diferente, ella no puede. Es la que se le niega al esposo cuando éste la busca y dice que está enferma o se hace la que está durmiendo, es la que sermonea al esposo, no importando quién esté presente, tanto en la casa como en la calle y hace un escándalo por cualquier cosita.
Este comportamiento tanto del padre como de la madre, es aprendido por los hijos, que al crecer e independizarse y conformar una nueva familia, se lo enseñarán a sus hijos, haciéndose una cadena interminable de individuos que vivirán fuera de las reglas establecidas por Dios y por consiguiente, todo se irá a la ruina.
La sociedad, paulatinamente se va hundiendo en el pecado y ¿pueden creerlo? No saben que lo están haciendo mal, porque nacieron así, crecieron así y si no se busca una solución para resolver esta situación, que sólo la tiene Jesucristo, morirán de esta manera y se irán a la perdición eterna. Vivirán faltos de felicidad y al morir, tendrán una eternidad de sufrimiento y dolor.El otro pensamiento, puedo estar lo suficientemente seguro como para decir que provino del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque Satanás nunca te inducirá a hacer lo correcto. Mucho menos a enmendar un error. Al contrario. Te inducirá a seguir errando y justificar tus acciones, hasta que todo esté perdido. Si quieres conocer cuál pensamiento proviene de Dios y cuál proviene de Satanás, sólo basta con confrontarlo con la Palabra. El Espíritu Santo siempre te guiará a cumplir los mandamientos de Dios y nunca te dejará con las dudas. Te convence, te penetra, te ministra y debes obedecer al instante, sintiendo luego, una sensación de bienestar. No así el pensamiento que proviene de Satanás. Cuando vas a hacer lo que te ordena, dudas y te detienes un instante, aunque luego lo hagas y te remuerda la conciencia.
Este pensamiento positivo, me confrontó. No me hizo justificar el error que cometí, sino que me hizo ver que lo hice mal y si lo seguía haciendo mal, iba a terminar mal. La Palabra de Dios dice:
“…El Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad…”. Juan 16.13. (NVI).
El Espíritu Santo nos hace razonar y nos corrige cuando hacemos las cosas que no son correctas. Este fue mi caso. Él vio que no iba por buen camino y por ende, le iba a dar cabida al enemigo para que entrara en mi casa y dañara la buena relación que tengo con mi esposa. Yo estaba ciego. No veía ningún error en mí. Mi esposa estaba loca, no me comprendía, decía yo. Hasta que el Espíritu Santo me dio a entender, que tenía toda la culpa. Me hizo humillar; doblegó mi espíritu.
Con todo eso, Dios simplemente quiere que todos nosotros vivamos en paz. El entorno familiar debe estar lleno de pasión y armonía, donde reine el respeto intrínseco, fervor, compasión, ternura y dedicación. Que no haya rencores, ni odio, ni egoísmo. Dios quiere un hogar santo y lleno de su gloria. Que verdaderamente se pueda decir que en nuestra casa, mora Él.
No le hagamos caso a Satanás. El vivir malhumorados todo el tiempo, nos hace envejecer más rápido y ¿de qué vale vivir en una eterna guerra? Salimos de la casa de nuestros padres, para vivir mejor, no para vivir peor. Aprendamos a resolver aquellos momentos en que no nos comprendemos. Ellos vendrán y entrarán a nuestra casa. Pero debemos decirles que ya no son bienvenidos. No les demos cabida. No dejemos que se aniden en nuestros corazones, porque luego serán difíciles hacerlos salir. Es más fácil derribar un árbol, que un bosque. “No se oculte el sol sobre vuestro enojo”. Dice el Señor.
Aprendamos a dialogar, a razonar. Se darán cuenta de lo hermoso que será ver a su compañero, a su compañera reaccionar, cuando diga: “Mi amor, lo siento. Cometí un error que nunca más lo volveré a hacer ¿Sabes por qué? Porque te amo con todas las fuerzas de mi corazón”. Dígaselo y estoy seguro, que dormirán felices y satisfechos. Se los aseguro.
LE PEDIMOS A DIOS, PERO ¿LE ESTAMOS DANDO ALGO A CAMBIO? PARTE II
Por: Esequiel Guerrero Marte
“Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante”. Lucas 6:38a. (NVI).
Abraham se levantó muy de mañana para tomar un largo viaje. Debía llegar al monte Moriah para realizar un sacrificio que para él resultaba descabellado, pero no había otra salida que obedecer. Dios le había encargado que sacrificara a lo que más amaba y ¿Qué podía hacer? Por lo que hizo los preparativos y de madrugada emprendió la larga caminata hacia el monte. Dos siervos y su primogénito iban con él, pero ninguno de ellos conocía la magnitud de la ceremonia.
Quizás en el camino no emitió palabra alguna. Un lúgubre silencio se cernía en medio de la procesión. ¿Qué estaría pensando Abraham? Tal vez muchas cosas que, mientras más mente le daba, lo único que le sobresaltaba eran más interrogantes. ¿Cómo era posible que Dios le pidiera que sacrificara a su propio hijo, el único heredero, en quien se cumpliría la promesa y al que a duras penas, por un milagro, pudieron tener?
Estoy seguro que por tal razón no le dijo nada a nadie, incluso a su esposa. ¿Puede usted imaginarse la reacción de Sara al escuchar que su hijo iba a ser sacrificado, quemado al fuego? ¡Enloquecería! Tomaría a su hijo y se encerraría con él en algún lugar para que no lo encontraran o se iría lejos pensando que todos, hasta el mismo Dios, se habían vuelto locos.
Hay que poseer una firme convicción, una confianza absoluta para entregar todo lo que tiene, lo que está al alcance de la mano, lo que puede palpar, oír, ver, lo único que te da una razón de vivir, por algo que todavía es una promesa y que quizás no lo veas cumplido porque el tiempo no te dé para verlo. Es difícil entender aquello que está opuesto a la cognición humana. Debo dar lo que más amo, por una promesa que está basada simplemente en creer que algún día se efectuará.
Cuando llegaron, Abraham caminaba sin hablar hasta que Isaac rompió el silencio. Había algo que no estaba bien. Algo faltaba. Anteriormente, en los sacrificios que frecuentaba ir, veía que llevaban fuego, leña y los animales que se utilizarían como víctimas u ofrendas. Pero, en este caso, sólo llevaban la leña y el fuego. ¿Dónde estaba el animal para el sacrificio? Esto lo puso a pensar. Quizás se dijo en sus adentros: ¡Esto huele raro! Por lo que, para salir de dudas, le formula una justificada pregunta.
- Padre, creo que olvidaste algo – dijo Isaac - . ¿Dónde está el animal a sacrificar? - Dios se proveerá de cordero, hijo mío – respondió Abraham. (Gen. 22:8 Reina Valera 1960). En otras versiones de la Biblia, “se proveerá” es traducida como: “Dios se encargará de proveer el animal para el sacrificio”.
Abraham sabía con certeza, que Dios no lo dejaría volver sin su hijo. Por tal razón le dice a sus criados que se quedaran en un lugar, mientras él y su hijo sacrificarían en el monte y volverían luego de sacrificar. Él sabía con toda seguridad, que Dios le devolvería a su hijo aún después de muerto y regresarían a la casa. Abraham creía que su hijo resucitaría desde las mismas cenizas, porque en él estaba el cumplimiento de la promesa divina, de que su descendencia sería como la arena del mar. ¡Esto le fue contado por justicia! Dios probó a Abraham ese día. Él conocía el corazón de su siervo, también sus pensamientos. Pero era necesario probar su actitud, antes de entregarle la bendición.
Le pedimos tanto a Dios, pero ¿Qué le damos a cambio? Creemos que el Señor debe satisfacer todos nuestros caprichos, llenarnos de abundancia material y espiritual, cuidar nuestros hijos, nuestros negocios, nuestras propiedades, ¡Todo! Pero, ¿Qué le damos a Dios para que Él nos bendiga y nos guarde? ¿Le damos al Señor lo que nos exige sin chistar? Abraham no cuestionó a Dios. Siguió al pie de la letra lo que Él le ordenó, porque sabía que si él abre sus manos (símbolo del corazón) para darle a Dios, esta actitud lo movería a actuar a su favor. ¡Y lo hizo! No nos llevemos de las películas de Hollywood, donde se ve a Abraham enojado contra Dios y discutiendo. Abraham actuó en fe y esta fe fue recompensada.
Pero, en realidad, ¿Qué es lo que debemos darle a Dios? ¿Qué Él nos exige? Lo podemos encontrar en su Palabra. Deuteronomio 10:12-13, dice lo siguiente:
“… ¿qué requiere de ti el Señor tu Dios, sino que temas al Señor tu Dios, que andes en todos sus caminos, que le ames y que sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y que guardes los mandamientos del Señor y sus estatutos que yo te ordeno hoy para tu bien?”. (La Biblia de las Américas).
Se necesita una entrega total. Eso es lo que Dios exige de nosotros. Que le amemos con todo el corazón por encima de todas las cosas. El vivir una vida plena en el Señor, nos hace entender el propósito por el cual estamos en este mundo. Fuimos hechos para que adoráramos y sirviéramos en todo momento al Dios todopoderoso. Pero esta entrega requiere sacrificio y esto es lo que lo torna difícil para muchos.
Si sabemos que estamos destinados a adorarle y que nuestra vida le pertenece única y exclusivamente a Él, ¿Por qué no le adoramos? ¿Por qué no nos entregamos entonces? Cuando vamos a la iglesia, nos convertimos en espectadores y no adoradores, se nos hace difícil alabar y glorificar a Dios, no le buscamos a profundidad, no le estamos dando lo que le prometimos. No cumplimos con la otra parte del trato, pero queremos que el Señor cumpla la suya. Oramos para que nos bendigan, para que nos contesten nuestras peticiones, para que nos suplan de lo que nos hace falta, pero olvidamos que debemos dar para recibir.
En el capítulo 6 verso 33 de Mateo la Palabra de Dios dice:
“Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Mateo 6:33. Biblia de las Américas.
Hoy nos hemos empecinado a pedirle a Dios riquezas materiales, lujos, viajes, negocios y otras cosas más que satisfacen nuestro ego y vanidad. Creemos que nuestras oraciones deben centrarse sólo en pedir lo que me constituye poder y fuerza personal. Sin embargo, eso no es la prioridad de Dios para con nosotros. La prioridad máxima de Dios, es sostener una comunión íntima con sus criaturas. La salvación es el tesoro más grande que nosotros deberíamos anhelar y el gozo del Señor en nuestros corazones, es el primer deseo que debería inundar nuestras almas. Cuando nuestros nombres se encuentren reconocidos en el reino de Dios y nuestra relación personal con nuestro Creador sea estable, entonces todas estas cosas van a ser añadidas. ¿Cuáles son estas cosas? Lo que permite tener una vida llena de bienestar en Dios.
Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, significa que nuestro Dios debe ocupar el primer lugar de mis sentimientos, de mis deseos, de mis pensamientos. Buscar a Dios es reconocerle como dueño de su vida y agradarle es su mayor anhelo. Una búsqueda constante, vivir una vida de santidad, ocupándonos sólo en servirle y hacer su voluntad, es lo que Él requiere de nosotros, para que disfrutemos sus bendiciones.
Sin embargo, he estado mirando cómo las gentes se convierten al Señor, sólo porque están llenos de problemas financieros y se acercan a Dios para que él le resuelva. Llegan a la iglesia, porque escuchan que Dios los puede hacer millonarios de la noche a la mañana, le puede dar casas, vehículos, fincas y negocios prósperos. ¿Quién no quiere ser rico y próspero? Todos queremos serlo. Pero lamentablemente, Jesús no vino a llenarnos de riquezas materiales. Él vino a reconciliar con su Padre a la humanidad que se había perdido.
Ahora, esto no quiere decir que Dios no de riquezas a la gente. Sí, Él da riquezas a las gentes pero en el tiempo que Él vea que estemos preparados para ello y que dicha “bendición” no afecte en ningún sentido, la relación existente entre ambas partes. Dios no quiere que nadie viva en miseria, ni en problemas financieros, ni nada que les perturbe la paz a sus hijos. Por tal razón, nos manda confiar en Él, esperar en Él, buscar primero su rostro. Luego entenderemos, que vivir para agradar al Señor es mucho mejor que cualquier cosa material que podamos tener. Cuando nos entreguemos por completo y reconozcamos a nuestro Salvador como el absoluto de nuestras vidas y le amamos en espíritu y en verdad tanto en las buenas como en las malas, entonces Él abrirá los cielos y hará llover lluvia temprana y tardía, para que moje nuestras sequedades, convirtiendo nuestros campos fructíferos y nuestros graneros llenos de todas las bendiciones del Altísimo.
Dios nos pide una entrega total. Eso es lo que exige de nosotros para entregarnos lo que queremos, recordando que no es en nuestro tiempo, sino en el tiempo de Él. Ante todo, la mejor BENDICION que tenemos hoy, es que somos sus hijos por medio de la reconciliación que hemos recibido a través del sacrificio de Jesucristo el Hijo de Dios.
Recuerda: debemos dar, para luego recibir.
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viernes 29 de julio de 2011
FAMILIA SANA, CUERPO Y MENTE SANA
En muchas ocasiones nos hemos hecho infinidades de preguntas cuando vemos y escuchamos en los medios de comunicación, sobre gentes que cometen crímenes de manera inescrupulosa y sin remordimientos. Nos preguntamos: ¿Cómo esa persona pudo hacer esto tan fríamente? No vemos a una persona, sino a una bestia, un animal irracional que ha cometido un acto atroz. Alguien que no tiene sentimientos ni sangre caliente en sus venas. Es un psicópata, tiene una mente enferma.
No podemos comprender por qué un individuo tranquilo, se convierte de la noche a la mañana en un vil asesino que mate a decenas de personas, solo porque no le dieron lo que quería, o que alguien, en algún momento de su vida, lo haya lastimado y por venganza, cometió esos asesinatos. En la mayoría de los casos, aquellos hombres o mujeres que han asesinado a otras, testifican que, cuando niños, fueron maltratados por sus padres, o fueron violados sexualmente por alguien cercano a él y creció con ese odio y rencor dentro de su corazón. Ese sentimiento lo motivó a perpetrar el delito para vengarse, para darle a entender a todos lo que padeció.
Se ha comprobado, que los que cometen delitos llámese asesinatos, involucrarse con pandillas callejeras,ser agresivos y dedicarse a los vicios del alcohol y las drogas, provienen de familias desprovistas de amor y afecto. Viven en hogares donde no se practican buenas costumbres, donde sólo se escuchan los regaños, las peleas entre padres e hijos y los maltratos físicos y verbales. Estas gentes fueron educadas en un mundo carente de razonamiento y de concordia, sin afecto fraternal ni misericordia para con el prójimo. No recibieron nada afable en el momento que lo necesitaban y hoy, están devolviendo a la sociedad, lo que recibieron cuando niños. Lecciones que marcaron negativamente su futuro.
Se han estudiado casos en que una persona ha cometido un acto criminal, solo para demostrarles a sus progenitores que es capaz de hacer cualquier cosa. Se siente herido, marcado desde pequeño. Recuerda cuando sus padres le decían que era un bueno para nada, que nunca llegaría a ser alguien en la vida, que era un desgraciado y él le iba a demostrar a sus padres, que estaban equivocados. Por lo que, se asocia con malhechores y emprende un camino delictivo que lo lleva a ser reconocido por la sociedad, como el sicario más grande de su comarca. Todo esto, por causa de una instrucción errada que recibió al inicio de su vida.
En los Estados Unidos, una joven de 16 años llamada Brenda Ann Spencer, vivía en el tercer piso de un edificio situado cerca de una escuela en San Diego, California. Se colocó en una ventana que daba al patio y esperó a que los niños llegaran para recibir las clases. Estaba armada con un rifle semi-automático calibre 22. Era lunes y se encontraba aburrida. Por lo que, para entretenerse, comenzó a dispararle a los niños, hiriendo a ocho y matando al director y al conserje de la escuela, quienes trataban de alejar a los niños de los disparos.
Cuando llegó la policía, Brenda los recibió con disparos e hirió a uno de ellos. Pasadas seis horas de negociaciones, se rinde y es puesta a la acción de la justicia. En la audiencia más reciente, en 2009, ella aseguró que era abusada por su padre y ese maltrato, la llevó a cometer el crimen.
No es extraño que veamos en las noticias a padres abusando de sus hijos. Recientemente apresaron a un hombre que violó a una niñita de apenas tres meses de edad. Luego que lo apresaron, dijo que no sabía lo que estabahaciendo.
Sólo escuchaba voces que le decían que lo hiciera. Y lo hizo. Esa niña quedará marcada por el resto de su vida.
Estos y otros ejemplos más de personas que se convierten poco a poco en delincuentes a sangre fría, son ocasionados por factores que han modificado su patrón de conducta en algún momento determinado. Los científicos dicen, que el mayor porcentaje de aprendizaje se encuentra en la niñez, donde el cerebro funciona en un 85%. Es por eso, que el niño tiene más facilidad para aprender que un adulto. Si lo instruyes bien, será un hombre de bien; más, si lo instruyes mal, sucederá todo lo contrario.
La familia es la primera escuela y la más valiosa en los inicios de los años de vida de un individuo. El niño absorbe cual esponja, todo lo que percibe a su alrededor, todo lo que oye y todo lo que ve. Si en el entorno familiar existe violencia, donde el padre abusa de la madre constantemente y la madre descarga en los niños la furia que siente en contra de su marido, esos hijos aprenderán a ser violentos y creerán que ese sentimiento es normal. Lo mismo sucede cuando en el hogar se usa drogas o alcohol. Al crecer, hará lo que aprendió en su primera escuela.
Mientras transcurre el tiempo, las familias se van deteriorando paulatinamente. Las costumbres son diferentes y cada quien hace lo que desea. El respeto día a día se va esfumando, los buenos modales se están perdiendo y el lazo que une a todos los integrantes, EL AMOR, está perdiendo fuerzas. Ya no existe comunicación entre padres e hijos, se deben respetar los espacios, los padres no pueden corregir a los hijos; los hijos tienen el derecho de acusar a sus padres si son reprendidos por ellos en aquellos países desarrollados, costumbre que están adoptando los países subdesarrollados. Cada quien es tan independiente dentro del hogar, que parecen personas extrañas.
Estasituación ha ocasionado grandes problemas en el seno familiar.Escuché la noticia de una familia compuesta de cuatro personas, el padre, la madre y dos hijos. Eran pudientes, con una casa grande donde cada quien poseía su propia habitación. Cada quien poseía un espíritu independiente, tenían todos su propio automóvil y hacían lo que quisieran. Eran adultos. Es de suponer que los cuatro poseían una copia de la llave d
e la casa, para salir y regresar a la hora que les diera la gana. Esta manera de vivir, los convirtió en person¿Qué podemos encontrar eneste grupo de personas? En realidad no se le podría llamar “Familia”, porque de acuerdo a lo que conocemos sobre este término, se puede decir que es aquella que está conformada por el padre, la madre y los hijos, que conviven en un mismo techo y están unidos por múltiples vínculos: amor, respeto, confianza, responsabilidad, etc. ¡Tienen la misma sangre!
Existen muchas dudas de lo que sucederá en los próximos años con la familia. De acuerdo a las estadísticas, existe un desenfreno entre las gentes, donde cada quien quiere satisfacer sus propios deseos. El desenfreno sexual está ocasionando que los matrimonios pasen de moda. Las escuelas, en vez de enseñarles a que esperen el momento adecuado para sostener relaciones sexuales, les proveen preservativos para que lo hagan sin ninguna clase de obstáculos. El libre derecho que posee cada individuo, les da autoridad para hacer lo que quiera. Nadie puede detenerlos, pues es su vida.
Si los primeros que empiezan las guerras dentro del entorno familiar somos los padres ¿Cómo instruiremos a nuestros hijos para que sean pacíficos? Un refrán bien elaborado que conocemos es aquel que dice: “Tus hechos no me dejan escuchar, lo que me estás hablando”.
La familia fue una institución creada por el mismo Dios para que exista un ambiente de amor y paz en su interior. El hombre se encontraba solo cuando fue creado, nada ni nadie podía llenar el amargo vacío que la soledad le embargaba y luego que el Creador le trajo su compañera, él se alegró, se sintió inmediatamente bien acompañado, dejó de sentir la amarga soledad. Convivía con su esposa y pasaban momentos placenteros juntos. Caminaban juntos, comían juntos, se bañaban juntos y su intimidad estaba basada en hacer sentir bien a su compañero. No existía el egoísmo.
Pero a Satanás no le gustaba esa armonía que existía en el seno familiar y atentó contra ella. ¿Por qué lo hizo? Porque sabía muy bien que si ella vive sumergida en un ambiente donde reinara el amor, la paz, la comprensión, los buenos modales y el temor a Dios, el mundo sería un paraíso. No existirían lospolicías ni ningún personal que infrinja el orden, no existirían cárceles, tampoco manicomios ni psiquiatras, no existirían médicos que se dedicaran a atender personas hipertensas ni que sufrieran delcorazón.
No existiría el odio ni el rencor, ni avaricia, no existiría la prostitución, ni el adulterio, no habrían robos, ni engaños, ni maldiciones, ni asesinatos, ni abogados que dividan a las parejas por medio del divorcio. ¡Nada de eso!
Pero el hombre lo dañó todo al hacerle caso a Satanás y por ello es que existe el desamor, el odio, el rencor, la envidia, la infidelidad, la falta de respeto, la falta de unidad y el desequilibrio emocional en el entorno familiar, haciendo que lo que Dios creó para que se viviera en comunión con Él y en comunión unos con otros, se convirtiera en un lugar de guerras y conflictos y peor aún, separados de la compañía del Señor. Sin embargo, tenemos la oportunidad de corregir nuestros errores y cambiar de vida y de actitud. Sólo debemos echar de nuestro entorno al que provoca los problemas en nuestros hogares. Debemos cambiar.
Pero no uno, sino todos.
Coloquemos a la familia como esa ciudad. Si no existiera la comunicación entre sus integrantes, si no existiera el perdón, si no existiera la felicidad, si no existiera la comprensión, entonces ¿Qué sucederá con ella? ¿Qué sucederá con sus integrantes? Si se desmorona lo esencial para que esta pequeña sociedad se mantenga en pie, sería fatal para el mundo y eso es lo que quiere lograr nuestro enemigo Satanás.
El que más interesado en que la familia se mantenga fuerte y saludable, es Dios. Él no quiere que exista en ella lo que amenace su supervivencia. Dios sabe que si existe una relación saludable en el hogar, habrá un cambio radical en el mundo y nosotros debemos hacer que esto suceda.
Nosotros los cristianos, debemos mantener una buena relación en la familia. Somos nosotros los que debemos crear un modelo, tal y como Dios quiere, para que aquellos que no le sirven nos imiten y sepan cual es la solución para el gran problema que aqueja a la humanidad en este siglo XXI.
Lo primero que Dios nos enseña en su palabra es a no permitir que los problemas existentes en la pareja, dure tanto tiempo para ser resuelto. En Efesios 4:26-27, encontramos las palabras del Señor a través del apóstol Pablo: “Airaos, pero no pequéis, no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo”. Dios sabe, que la ira nadie puede detenerla. Cualquiera puede alborotarse en un momento y hablar muchas cosas que luego, cuando todo vuelve a la normalidad, nos damos cuenta que fallamos. En el extremo de los casos, muchos sienten gran ira y esa ira los impulsa a cometer actos terribles. Satanás utiliza ese sentimiento para lograr su segundo paso: hacer que se pierdan los estribos y se cometan locuras irremediables.
Dios sabe que nos airamos en ocasiones. Pero llega después de la ira un momento de reflexión. Ese es el momento donde no debemos seguir, sino reprender al diablo. Cuando reprendemos, sentimos que la sangre vuelve a fluir naturalmente y los nervios se calman.
Nos airamos, si. Pero no le dimos cabida al diablo. Pero hay algo más: no se debe esperar a que transcurran las horas sin resolver el conflicto entre parejas o entre padres e hijos. ¡Se debe resolver de inmediato!
Mientras más tiempo transcurre para resolver el problema, más difícil será el remediarlo. Si por el orgullo existente en el corazón se espera a que el otro ceda, el enemigo hará que broten raíces de amargura que, paulatinamente, irán irrumpiendo en el alma, hasta formarse en un bosque enorme, difícil de talar.
En la mayoría de los casos, se sufre mucho por esta causa. El hombre espera que la mujer pida perdón, porque él es el macho de la casa y se deben respetar sus acciones. La mujer, se siente más vulnerable y frágil, por lo que no le dice nada, esperando que él se dé cuenta que cometió la falta. Y en espera de que alguien ceda, pasan los días sin resolver nada. Inmediatamente esto sucede, llega el diablo con todo el derecho (porque el orgullo no es de Dios) y, comoEsto también lo sufren los hijos. Todo lo que sucede en el hogar, es reflejado de alguna forma en los hijos. Si la pareja es feliz, los hijos son felices, en cambio, si los padres a cada momento pelean y vociferan palabrotas delante o lejos de ellos, lo delatarán al mundo con sus acciones.
Por: Esequiel Guerrero Marte